LA OPINION d Pax-Christi SECCIÓN DE LOS JÓVENES DEA. C. Haz el bien y evita el mal He aqui el principio superior del orden moral. Son muy numerosas las veces que hemos hecho uso de nuestra razón en determinados problemas que la vida nos ofrece. Pero pocos, los momentos dedicados a analizar el" contenido de este principio ideal, base y fundamento de la moral, estuche en donde se encierra el bien común de la sociedad regida por un sentido cristiano de la vida. Pues bien, pensemos un poco en él y veamos cómo, de llevarlo a la práctica, nuestra existencia sería más » digna y nuestra conducta menos reprobable ante Dios.. a Considerado espiritual e individualmente este principio, nos lleva a la ejecución ,fde todos aquellos actos que puedan producirnos un bien espiritual, un goce interior que hasta el corazón más frivolo puede sentir. Decidme, ¿quien de nosotros.no experimenta un gran bienestar cuando descarga su conciencia ante el confesor? ¿Quién no siente la alegría del triunfp al vencer y dominar esta o aquella pasión que nos domina? ¿Quién no ha recibido la dicha del consuelo divino, cuando, acongojado por una desgracia, fervorosamente rogó a Dios? ¿Quién no satisface un impulso de su corazón cuando remedia una desgracia ajena? Todo esto y más aún, lo hemos vivido la mayoría, sea cual sea el momento. Por otra parte, en ocasiones fuimos malos con nosotros mismos: Nos dejamos arrastrar por una pasión sucia, manchando con esta suciedad la pureza de nuestra alma, nos olvidamos de' aquel que sufría, pasamos junto a la miseria sin compadecernos siquiera. Todo lo cual adulteró nuestra condi¬ ción de cristianos, espiritualmente arruinó nuestro bienestar y nos trajo esa inquietud al no estar de acuerdo nuestros actos con los principios establecidos por Dios. Por esto, nuestra tendencia ha de ser conseguir nuestro bien espiritual, reivindicar lo perdido, cifrado en la conformidad de nuestras obras con los ideales católicos preexistentes. Colectivamente este principio representa, bajo mi punto de vista, la solución del problema social. Si procurásemos excluir de nuestra conducta todo lo que pueda ser perjudicial para otros y, en cambio, iecrementar lo bueno en beneficio de los demás, otro gallo cantaría. Pero somos egoístas: vivir para nosotros y a los demás que los parta un rayo. ■ No, así no iremos a ninguna .parte; el mundo seguirá igual, cargado con sus miserias, con sus lacras, con sus odios, con sus rencores», en fin, ningún gobernante por muy bueno que sea podrá tener contento a un pueblo y remediar este desorden social, nacido precisamente del olvido lamentable de aquel mandamiento divino: «Amarás a tu prójimo como a tí mismo». Aquí es donde está la base de una sociedad justa y prometedora, con todos sus elementos ligados íntimamente por un ideal divino. Se me discutirá que esto es una ilusión irrealizable. Contesto afirmativamente, si nuestro egoísmo y maldad persiste. Porel contrario, si en todas nuestras actividades sociales fijamos como norma sustancial de conducta hacer el bien y evitar el mal, obpando. con el pensamiento puesto en Dios y en el bien común del ciudadano, entonces no me diríais que es mera ilusión difícil de conseguir. Practiquémoslo cada uno en nuestro puesto y caminemos hacia una era de mayor fraternidad. En el ocaso de la vida nos espera la eternidad feliz. Un Joven de: A. C. 1 LAS CAMPAN ^S DE CABRA Sólo un día estuve en Cabra de Córdoba, la más bella, tan limpia y resplandeciente como el fulgor de una estrella. Allí todo es alegría, hay buen humor, hay buen vino y mujeres tan bonitas que rayan en lo divino. Hay, mejor dicho lo había, Don Antonio se llamaba, el pastor y padre fiel que a los niños adoraba. A los pobres socorría, al inválido animaba, reprendía a los infieles y al rico le aconsejaba. Sin tasa daba limosnas a cada uno en su grado, lo suyo de todos era y más del necesitado. Eran tan buenas, tan dulces sus obras y su palabra, que en recompensa tenía todo el cariño de Cabra. Desde que le conocí, sin saber cómo o porqué me atrajeron sus palabras, y este es un santo, pensé. Tiene algo inexplicable iqué ternura,. qué piedad, qué unción putificadora, qué virtud, qué santidad! Poco después me contaron sus obras y sus desvelos. que más que terrenas son como enviadas del cielo. Y por eso no me extraña cuando su muerte he sabido, que todo el pueblo egabrense llorara Su bien perdido. Lo habéis perdido en la tierra, pero os queda el gran consuelo de que imitando su vida, - volváis a verle en el Ciclo. Pueblo de Cabra querido, qué lloras con triste ceño, deja que hoy una a tu pena la suya este madrileño. Las campanas de Cabra ya no tocan con el mismo sonido que lo hacían, esas notas tan dulces que ¿xpélían en "dolor y amargura ellas se trocan. Las campanas desabra gimen y lloran, por el ángel que siempre las bendecía cuando el alba asomaba con alegría con sus rayos que montes abruptos (doran. Se ha subido a los Cielos y allí velando por tí siempre se encuentra, pueblo de (Cabra, como en vida en la tierra siempre lo (hacía Mientras tú entristecido le estás llorando alabando con justa noble palabra la actuación en la tierra de su alma pía. Cedrino MuBoz. Imprenta Cordón CABRA • -I