T LA OPINIÓN LA PAZ María Paz tiene los ojos claros, entre grises y verdes. El pelo recogido en alto moño, es claro también, trigueño, casi pajizo. El rostro es bellísimo. Es fino también el dibujo de la nariz y de la boca, de labios sonrosados, entreabiertos siempre. María Paz cose sentada en una silla de enea en el patio de su casa, bajo el verde resplandor del emparrado. La casa azulea de limpia. Las losas del zaguán y del pasillo espejean huntadas de aceitón. En el patio, alrededor de María Paz, florecen múltiples macetas de diversos tamaños. En las macetas hay rosas y claveles y geraneos, y una planta enredadera de jazmines. Por la puerta entreabierta de la casa se ve un paisaje ubérrimo de huertecillos. Acá y allá, higueras y nogales y algún ciprés y granados que muestran los corazones sangrantes de su floración. Hay un silencio gratísimo. Una dulce brisa mueve, de cuando en cuando, las hojas del emparrado. Todo respira y vive con tranquilidad y reposo. María Paz, la personalidad de María Paz, podríamos definirla como la propia encarnación de la paz, de esa paz tan grata a los hombres y que, cada día, se hace más inasequible, más lejana. La paz, pensamos contemplando a María Paz, es un estado del alma. Conseguimos la paz cuando estamos tranquilos, cuando hemos desechado toda inquietud, cuando gozamos de todas las cosas sin menoscabo, sin impedimentos, sin estorbos. Vivimos en paz, trabajamos en paz, soñamos en paz en España en estos momentos. La paz, no es vagancia. En el grato rumor de la colmena hay paz: la hay entre las frondas de los altos pinos de los bosques movidos por el viento: la hay en el viejo molino que chirría moliendo el oro del trigo: la hay en el acantilado donde rompen las olas su fuerza en blanca espuma: la hay D. Pedro Gómez de Aranda Sánchez, primer jefe local de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S. D. Carlos Garrido Moreno, tercer jefe local de Falange Española Tradicionalista y de las J. O. N. S. NTEGRACION Las palabras, y más que estas los conceptos que expresan, son como todas las cosas objeto de mayor o menor preferencia por parte de la opinión pública en determinados momentos de la vida del país. No constituye una excepción la que encebeza este artículo, que de un tiempo a esta parte está siendo tan traída y llevada que en ocasiones cabe el riesgo de dejarse deslumbrar por su fachada —la simple palabra— sin llegar a profundizar en sus intimidades gramaticales —el concepto—. Para evitar falsas interpretaciones a que puede conducir su generalización, conviene tener muy presente todo lo que exige e im^ plica cuando se quiere llevar a la práctica. Cuando hablamos en esos huertecillos que vemos desde el patio de María Paz, donde el hortelano mueve la azada entre los bancales dirigiendo el agua cantarína de la acequia. La hay, desde hace 25 años, en el corazón de todos los españoles conscientes, gracias al sereno caudillaje de Francisco Franco. ALFONSO SANTIAGO. de integrarnos en el mundo económico europeo, salvado ya el fantasma de una autarquía económica que ha demostrado ser incapaz de resolver nuestros problemas, igual que cuando los españoles tomamos conciencia de que llevamos en nuestra sangre todo el peso y la tradición cultural de un mundo al que la vieja Hispania ha contribuido a forjarle un estilo de vida, no debemos olvidar que todo ello supone concesiones y sacrificios. Y, sobre todo, un espíritu nuevo. España no debe mendigar ser europea. Lo somos, repetimos, por tradición y por historia, hasta el punto que recientes trabajos de un equipo de historiadores centroeuropeos, demuestran que la labor española en el nuevo continente no se limitó a ser pura y simplemente hispanización, sino que superando esta tendencia nacionalista, tan en boga entonces como ahora, España europeizó América hace ya algunas centurias. El investigador queda sorprendido cuando comprueba cómo los restos de los primeros monumentos que los pioneros españoles levantaron en Ultramar, responden a esta V