LA OPINIÓN XXV AÑOS DE PAZ Oxamínando las razones más profundas de aquel 18 de julio de 1936, la jornada del Alzamiento Nacional, pasado ya este 18 de julio de 1964, iniciándose el Plan de Desarrollo económico-social, comprenderemos todos, a la vista de la capacidad de nuestro pueblo para crear, de cómo aquello, que fue principio de esta luminosa realidad, era también una rotunda decisión para terminar con el secular proceso de declive nacional, que nos llevó al caos. «La Cruzada que nos fue impuesta», en precisa frase de Franco, fu e exactamente la linea divisoria de una nueva era para la vida española, y no tan sólo por las fuerzas en la presencia de la subversión roja, sino también, y muy especialmente, porque el proceso de caída de un orden caduco, sobre u n pueblo que pese a todo estaba lleno de vida, ocasionaba la virulencia revolucionaria al tiempo que despertaba la conciencia y la voluntad nacional con fuerza capaz para cualquier empresa. España estaba viva, para la subversión negativa roja o para la renovación nacional bajo una bandera y un caudillo. Lo que habia muerto era todo lo que del pasado, a lo largo de los años se habia transformado en formas sin vida, en prejuicios adornados por la etiqueta, en privilegios que herían a todos por su falta de justificación. A la vista de esta realidad española de hoy. 25 Años de Paz, bajo el mandato de Franco y el cauce doctrinal del Movimiento, realidad que ha barrido todos los pesimismos sobre la incapacidad española, comprendemos mejor el origen de la tragedia nacional, dolorosa vicisitud que— como compensación ala fe y al sacrificio—ha sido el principio del renacimiento de nuestropueblo. Y, no hay que olvidarlo, el renacimiento ha sido posible no tan solo porque se hayan manejado con habilidad los instrumentos de trabajo de todas clases, sino, precisamente, porque no hemos querido volver al frágil pasado, convencidos de que el pasado; sobre todo el pasado del último siglo, no era ni es la fórmula ideal para nuestro país, ni representaba el valor de la Tradición española. Creímos desde el primer momento, que la caída de España no se produjo el 14 de abril de 1.931, sino, que, muy al contrario, que el 14 de abril era la manifestación, que muy pronto, fue turbulenta y sangrienta, de que algo estaba ya hundido antes de que esa bullanguera jornada pretendiera iniciar un nuevo ciclo histórico de nuestro país. Se equivocan, y quieren equivocar a los demás, —lo que es muy peligroso—, aquellos que creen que lo que vino después del 14 de abril era la enfermedad de España; no, desgraciadamente, aquello era tan solo la manifestación dolorosa de la enfermedad. Y de esta comprensión o de los prejuicios de los otros puede nacer el ingenuo propósito del retorno, sin más condí- UVÍM